Cuando escuchamos la palabra meditación, es bastante probable que imaginemos a una persona sentada, completamente quieta, con los ojos cerrados y rodeada de silencio. Esta imagen está tan presente que muchas personas llegan a pensar que para meditar necesariamente tenemos que permanecer inmóviles durante un periodo prolongado y conseguir que nuestra mente deje de pensar. El problema aparece cuando intentamos hacerlo y descubrimos que nuestro cuerpo quiere moverse, empezamos a pensar en aquello que tenemos pendiente y después de unos minutos sentimos que la experiencia no se parece demasiado a la tranquilidad que habíamos imaginado.
Sin embargo, la meditación reúne prácticas muy diferentes y no todas se desarrollan de la misma manera. Algunas utilizan la respiración como punto de atención, otras incorporan sonidos o palabras y también existen propuestas donde el movimiento tiene un papel importante. Dentro de estas últimas encontramos las llamadas meditaciones activas, que pueden combinar movimiento corporal, respiración, música, sonido y fases posteriores de quietud. En lugar de entender el movimiento como una distracción que debemos evitar, se utiliza como parte de la propia experiencia.
Acercarnos a estas prácticas con curiosidad puede ayudarnos a comprender que no existe una única manera de meditar. Tampoco tenemos que considerar la meditación activa como una fórmula para solucionar cualquier problema ni como un sustituto de tratamientos médicos o psicológicos cuando estos sean necesarios. Podemos entenderla sencillamente como otra forma de explorar la atención, el cuerpo y nuestra manera de relacionarnos con el momento presente.
Meditar no significa necesariamente dejar la mente completamente en blanco
Uno de los primeros obstáculos que podemos encontrarnos cuando intentamos meditar es pensar que tenemos que dejar de pensar. Nos sentamos, cerramos los ojos y esperamos que nuestra mente se quede completamente vacía, pero apenas han pasado unos segundos cuando recordamos un correo pendiente, pensamos en lo que vamos a cenar o repasamos una conversación que tuvimos hace varios días. Entonces llegamos rápidamente a una conclusión que probablemente no sea justa con nosotros mismos. Pensamos que no sabemos meditar porque nuestra cabeza continúa funcionando.
La meditación puede entenderse de una manera bastante más amplia, ya que existen numerosas prácticas y no todas se realizan de la misma forma. Algunas utilizan como punto de atención la respiración, un sonido, una imagen o determinadas palabras, mientras que otras buscan que prestemos más atención a aquello que está sucediendo en el momento presente sin juzgar continuamente la experiencia. Esto nos permite alejarnos de la idea de que meditar consiste necesariamente en conseguir una ausencia absoluta de pensamientos y entender que también podemos aprender a observarlos sin dejarnos llevar constantemente por ellos.
Quizá podamos empezar observando lo que sucede sin exigirnos un resultado concreto. Si aparece un pensamiento, podemos reconocerlo y volver a aquello en lo que estábamos centrando nuestra atención. Si escuchamos un ruido, podemos notarlo sin considerar automáticamente que ha arruinado nuestra práctica. Personalmente, creo que esta manera de entenderlo hace que la meditación resulte bastante más accesible porque elimina esa sensación de estar realizando un examen en el que cualquier distracción significa que hemos fallado.
¿Qué cambia cuando incorporamos movimiento?
La diferencia más evidente de una meditación activa es que el cuerpo deja de permanecer necesariamente inmóvil durante toda la práctica. Podemos encontrarnos con movimientos repetitivos, danza, respiraciones, sonidos y diferentes fases que posteriormente pueden conducir hacia momentos de mayor quietud. Esto rompe bastante con la imagen tradicional que muchas personas tenemos de la meditación, aunque el objetivo continúa estando relacionado con prestar atención a aquello que estamos experimentando.
El movimiento puede convertirse en aquello que ocupa nuestra atención durante una parte de la sesión. Podemos observar cómo respiramos, qué sensaciones aparecen en determinadas zonas del cuerpo o cómo cambia nuestra percepción a medida que avanzamos. La experiencia no consiste simplemente en movernos por movernos. La diferencia está precisamente en la atención que ponemos en aquello que estamos haciendo y en cómo se integran las diferentes fases de la práctica.
Esto puede resultar especialmente llamativo para quienes dicen que les cuesta mucho permanecer sentados. No significa que automáticamente vayan a sentirse cómodos con cualquier meditación activa, porque cada persona puede reaccionar de una manera distinta. Simplemente abre otra posibilidad. En vez de obligarnos desde el primer minuto a permanecer inmóviles, algunas propuestas utilizan primero el movimiento y después introducen fases de quietud, permitiendo experimentar el contraste entre ambos estados.
El cuerpo también puede convertirse en nuestro punto de atención
Pasamos buena parte del día utilizando nuestro cuerpo sin prestarle demasiada atención. Caminamos mientras miramos el teléfono, comemos pensando en el trabajo y realizamos numerosas tareas casi automáticamente. Muchas veces solamente nos fijamos realmente en nuestro cuerpo cuando sentimos cansancio, tensión o alguna molestia. Una práctica basada en el movimiento puede cambiar temporalmente esa dinámica porque nos invita a observar sensaciones que normalmente pasan desapercibidas.
Durante una sesión podemos prestar atención a cuestiones bastante sencillas. Podemos observar dónde sentimos más tensión, cómo cambia nuestra respiración cuando aceleramos un movimiento o qué ocurre cuando pasamos de una fase activa a otra más tranquila. No necesitamos interpretar cada sensación ni buscar un significado especial. A veces el ejercicio consiste simplemente en darnos cuenta de aquello que está sucediendo en ese momento.
Esta atención corporal también nos recuerda que cada persona vive el movimiento de manera diferente. No todos tenemos la misma movilidad, resistencia o condición física y tampoco llegamos cada día con el mismo nivel de energía. Por eso resulta importante escuchar nuestras propias sensaciones y no convertir una práctica meditativa en una competición. Si existen limitaciones físicas o algún problema de salud que pueda verse afectado por determinados movimientos o ejercicios respiratorios, conviene consultar previamente con un profesional sanitario y adaptar la actividad cuando sea necesario.
Movimiento, respiración y sonido pueden formar parte de una misma práctica
Las meditaciones activas pueden organizarse mediante distintas etapas y no todas tienen que ser tranquilas desde el principio. En este contexto, la experta Satyam Jemima destaca que en las meditaciones activas pueden utilizarse recursos como el movimiento, la respiración y el sonido, incorporando también elementos como la danza, la vibración y la expresión corporal antes de llegar a otras fases de la experiencia. Esto nos ayuda a comprender que el término meditación activa no se refiere simplemente a caminar mientras pensamos, sino que puede describir prácticas estructuradas donde diferentes recursos se utilizan de forma sucesiva.
La música también puede modificar bastante nuestra percepción de una sesión. Un ritmo puede ayudarnos a seguir determinados movimientos y un cambio de sonido puede marcar el paso hacia otra fase. Después de varios minutos de actividad, detenernos puede generar una sensación completamente distinta a la que tendríamos si hubiéramos comenzado directamente sentados. El silencio posterior puede hacerse más evidente precisamente porque venimos de una etapa donde existía movimiento.
No necesitamos conocer previamente todas las técnicas para acercarnos a una experiencia de este tipo, aunque sí resulta conveniente recibir indicaciones claras sobre aquello que vamos a realizar. Comprender la estructura permite participar con mayor seguridad y saber qué podemos esperar durante cada etapa. También resulta importante respetar nuestros límites y recordar que la intensidad debería poder ajustarse cuando sea necesario, especialmente si alguna parte de la actividad incluye movimientos rápidos o respiraciones exigentes.
La respiración puede ayudarnos a volver al momento presente
Respiramos miles de veces a lo largo del día sin tener que pensar conscientemente en ello. Precisamente por eso resulta curioso comprobar cuánto cambia nuestra percepción cuando durante unos minutos dirigimos voluntariamente la atención hacia la respiración. Podemos notar cómo entra y sale el aire, observar el movimiento del abdomen o simplemente reconocer cuándo nuestro ritmo respiratorio cambia después de realizar alguna actividad física.
En las prácticas meditativas, la respiración puede utilizarse de maneras diferentes. Algunas propuestas simplemente nos invitan a observarla sin modificarla, mientras que otras incorporan técnicas respiratorias concretas. Conviene diferenciar ambas situaciones porque no todos los ejercicios tienen las mismas características. Si una técnica produce mareo, malestar o una sensación desagradable, debemos detenernos y comunicarlo, especialmente cuando estamos empezando y todavía no conocemos cómo responde nuestro cuerpo.
Antes de realizar una práctica, podemos recordar algunas ideas sencillas:
- No necesitamos conseguir que nuestra mente se quede completamente vacía.
- Podemos adaptar determinados movimientos a nuestras posibilidades.
- Sentirnos distraídos en algún momento no significa que lo estemos haciendo mal.
- No tenemos que compararnos con las personas que están a nuestro alrededor.
- Podemos detenernos si algún ejercicio nos genera malestar.
- La práctica no sustituye la atención sanitaria cuando existe un problema de salud.
- Podemos necesitar varias sesiones antes de saber si este tipo de meditación encaja con nosotros.
Tener presentes estas cuestiones ayuda a eliminar parte de la presión que a veces acompaña a las primeras experiencias.
Encontrar calma no significa sentirnos tranquilos durante cada minuto
Cuando alguien empieza a meditar, puede esperar una sensación inmediata de tranquilidad. Sin embargo, nuestra experiencia puede ser bastante diferente. Quizá nos sintamos inquietos, aparezcan pensamientos que no esperábamos o descubramos que permanecer atentos nos resulta mucho más difícil de lo imaginado. Esto no significa necesariamente que la sesión haya salido mal. Las prácticas meditativas no funcionan como un interruptor que podamos pulsar para dejar automáticamente de sentir estrés o preocupación.
La investigación sobre meditación y mindfulness ha estudiado su relación con aspectos como el estrés, la ansiedad o el sueño. Sin embargo, los resultados pueden variar dependiendo de la práctica y de cada persona, por lo que conviene evitar pensar en la meditación como una solución capaz de producir los mismos efectos en todo el mundo.
Por eso resulta más sensato evitar promesas extraordinarias. Podemos acercarnos a la meditación porque queremos experimentar otra manera de prestar atención, porque sentimos curiosidad o porque buscamos introducir unos minutos diferentes dentro de nuestra rutina. Si después notamos que nos ayuda a relajarnos o a observar mejor determinadas sensaciones, podemos valorar nuestra propia experiencia sin convertirla en una afirmación universal aplicable a todo el mundo.
Empezar poco a poco puede ser mucho más útil que buscar hacerlo perfectamente
Cuando descubrimos una actividad nueva, es fácil emocionarnos y querer practicar todos los días desde el principio. Sin embargo, construir una rutina sostenible suele requerir algo más de paciencia. Podemos comenzar con sesiones guiadas y observar cómo nos sentimos. Con el tiempo iremos entendiendo mejor las indicaciones y descubriremos qué partes de la práctica nos resultan más naturales y cuáles necesitan un periodo mayor de adaptación.
También podemos comprobar que nuestra experiencia cambia dependiendo del día. Quizá una tarde tengamos mucha energía y disfrutemos especialmente de las fases de movimiento, mientras que en otra ocasión lleguemos cansados y prefiramos los momentos más tranquilos. Nuestro estado físico y emocional no permanece exactamente igual durante toda la semana. Aceptar esta variación puede ayudarnos a dejar de juzgar continuamente si hemos tenido una sesión buena o mala.
La constancia tampoco significa necesariamente practicar durante muchísimo tiempo. Puede resultar más realista encontrar un espacio que podamos mantener dentro de nuestra vida cotidiana que proponernos una rutina imposible de cumplir. Lo importante es que la práctica no se convierta en otra obligación que añadimos a una agenda ya saturada. Si precisamente buscamos prestar más atención al presente, quizá tenga poco sentido transformar la meditación en una nueva fuente de presión.
Otra manera de entender lo que significa parar
La meditación activa nos plantea una idea interesante porque aparentemente reúne dos conceptos opuestos. Por un lado tenemos el movimiento y por otro buscamos momentos de atención y quietud. Sin embargo, quizá parar no tenga que significar necesariamente quedarnos inmóviles. A veces podemos interrumpir nuestro ritmo habitual precisamente haciendo algo diferente, prestando atención al cuerpo y dejando durante un rato las tareas que ocupan nuestra cabeza durante buena parte del día.
No todas las personas encontrarán en estas prácticas aquello que buscan y eso también es completamente válido. Algunas preferirán sentarse en silencio, otras disfrutarán caminando conscientemente y otras se sentirán más cómodas con propuestas donde exista música y movimiento. La variedad de técnicas meditativas permite explorar diferentes posibilidades sin asumir que existe una única forma correcta que todos deberíamos seguir.
Al final, probablemente lo más interesante sea descubrir qué ocurre cuando dejamos de intentar alcanzar inmediatamente un estado concreto y empezamos simplemente a observar nuestra experiencia. Podemos movernos, respirar, escuchar y después detenernos. En una vida donde muchas veces hacemos varias cosas al mismo tiempo, dedicar unos minutos a estar realmente atentos a aquello que estamos haciendo ya supone un cambio considerable. La meditación activa nos recuerda precisamente eso, que algunas veces el camino hacia un momento de calma también puede comenzar moviéndonos.



