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La escalada se consolida como una de las opciones de ocio preferidas

La manera de emplear el tiempo libre está cambiando. Frente a alternativas tradicionalmente asociadas al ocio, cada vez existe un mayor interés por aquellas actividades que permiten mantenerse activo, aprender algo nuevo y, al mismo tiempo, desconectar de las obligaciones cotidianas. En este contexto, la escalada ha ido ganando presencia hasta convertirse en una opción que atrae a perfiles muy diferentes, incluidos muchos que hace apenas unos años probablemente no se habrían planteado acercarse a una pared.

Parte de este crecimiento tiene que ver con la propia evolución de la práctica, puesto que escalar ya no implica necesariamente desplazarse hasta una zona de montaña ni disponer desde el primer momento de conocimientos avanzados sobre material, técnicas o seguridad. La expansión de los rocódromos ha acercado esta actividad a las ciudades y ha facilitado que cualquier persona pueda tener un primer contacto en un entorno controlado, con recorridos adaptados a diferentes niveles y con profesionales capaces de acompañar el aprendizaje.

De esta manera, una disciplina que durante mucho tiempo estuvo estrechamente vinculada al montañismo se ha abierto a un público mucho más amplio. Hay quien llega atraído por el componente deportivo, quien busca simplemente una forma diferente de mantenerse activo y quien encuentra en la escalada una afición alrededor de la cual organizar buena parte de su tiempo libre.

Mucho más que alcanzar la parte alta de una pared

Una de las particularidades que explican el atractivo de la escalada es que resulta difícil reducirla únicamente al esfuerzo físico. La Federación Española de Deportes de Montaña y Escalada (FEDME) la define como una actividad en la que se progresa por superficies verticales o desplomadas utilizando principalmente manos, pies y técnica corporal, y destaca la combinación de fuerza, equilibrio, coordinación, concentración y toma de decisiones que requiere.

Precisamente esa mezcla hace que cada recorrido plantee un problema diferente. No basta con tener fuerza para avanzar. En muchas ocasiones es más importante interpretar correctamente los movimientos, distribuir el peso del cuerpo, decidir qué apoyo conviene utilizar o encontrar una posición desde la que poder continuar sin gastar más energía de la necesaria.

La pared se convierte así en una especie de rompecabezas físico. Dos personas pueden enfrentarse al mismo recorrido y resolverlo de formas distintas dependiendo de su altura, flexibilidad, experiencia o manera de moverse. Esta circunstancia hace que la progresión resulte especialmente estimulante, ya que permite observar avances que van mucho más allá de levantar más peso o resistir durante más tiempo.

También interviene de forma importante la concentración. Mientras se escala, la atención tiende a dirigirse hacia lo que está sucediendo en ese instante: dónde colocar el pie, qué presa utilizar después o cómo afrontar un movimiento determinado. Esa necesidad de permanecer pendiente de la pared puede convertir una sesión en un verdadero paréntesis frente a preocupaciones, pantallas y tareas pendientes.

Los rocódromos han cambiado la forma de acercarse a la escalada

La posibilidad de practicar en instalaciones artificiales ha sido determinante para ampliar el acceso a este deporte. Un rocódromo permite iniciarse sin necesidad de organizar una salida a la montaña y facilita algo fundamental cuando se está aprendiendo: practicar con regularidad.

Además, dentro de estas instalaciones es posible encontrar diferentes modalidades. El búlder, por ejemplo, se practica a poca altura sobre superficies protegidas mediante colchonetas y propone recorridos relativamente cortos en los que el componente técnico adquiere una enorme importancia. La escalada de dificultad se desarrolla en paredes más altas y requiere sistemas de aseguramiento, incorporando otra forma de afrontar el recorrido y de gestionar tanto el esfuerzo como la altura.

Esta variedad permite que cada persona vaya descubriendo qué manera de escalar encaja mejor con sus intereses. También rompe con la idea de que existe un determinado perfil físico imprescindible para empezar. Las vías y bloques se organizan por niveles de dificultad, por lo que quienes se acercan por primera vez pueden enfrentarse a propuestas asequibles mientras observan cómo otros usuarios resuelven movimientos mucho más complejos.

El aprendizaje, además, tiene un recorrido prácticamente ilimitado. Superar una vía que unas semanas antes parecía imposible proporciona una satisfacción evidente, pero normalmente conduce inmediatamente a buscar un nuevo desafío. Esa sucesión de pequeños objetivos contribuye a mantener el interés y evita que la actividad resulte repetitiva.

Una actividad que también tiene un importante componente social

Aunque desde fuera pueda parecer una práctica individual, la escalada genera con facilidad espacios de relación entre quienes la practican. En un rocódromo es habitual compartir consejos sobre cómo resolver un bloque, observar los movimientos de otra persona o comentar alternativas después de varios intentos fallidos.

En las modalidades con cuerda esa relación resulta todavía más evidente, ya que escalar implica confiar en otra persona que se encarga del aseguramiento. Aprender los procedimientos adecuados, comunicarse correctamente y respetar las normas de seguridad forman parte de la propia actividad.

Este componente social ayuda a explicar por qué muchas personas terminan incorporando la escalada a su rutina de ocio. El rocódromo deja de ser únicamente el lugar al que se acude para hacer ejercicio y pasa a convertirse también en un espacio de encuentro. A partir de ahí pueden surgir grupos que organizan sesiones conjuntamente o que, con la experiencia necesaria, deciden trasladar la afición a entornos naturales.

La escalada en roca abre entonces una dimensión diferente. El objetivo deportivo continúa presente, pero se combina con el contacto con el entorno y con jornadas que pueden convertirse en una forma completa de disfrutar del tiempo libre. Eso sí, el paso del rocódromo a la roca exige conocimientos específicos, material apropiado y una especial atención tanto a la seguridad como al respeto de las regulaciones y características de cada zona.

El deporte ocupa cada vez más espacio dentro del tiempo libre

El crecimiento de actividades como la escalada se produce, además, en un contexto en el que la práctica deportiva tiene cada vez más presencia entre la población española. La Encuesta de Hábitos Deportivos en España 2024-2025, elaborada por el Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes junto con el Consejo Superior de Deportes, señala que el 62,7 % de la población de 15 años en adelante practicó deporte durante el último año. El porcentaje supone 5,4 puntos más que el registrado en 2022.

La escalada encaja especialmente bien dentro de una concepción del deporte en la que hacer ejercicio no tiene por qué sentirse como una obligación. Quien acude a escalar está trabajando numerosos aspectos de su condición física, pero su atención no suele estar puesta exclusivamente en el entrenamiento. El reto consiste en completar un recorrido, resolver un movimiento o intentar aquello que no salió en la sesión anterior.

Esa diferencia puede ser importante para personas a las que las formas convencionales de ejercicio les resultan monótonas. En la escalada existe siempre un objetivo inmediato que concentra la atención y convierte el esfuerzo en una consecuencia de la actividad, no necesariamente en su única finalidad.

También es una disciplina en la que la comparación con los demás pierde buena parte de su importancia cuando se practica de manera recreativa. La dificultad puede adaptarse constantemente, de modo que una persona recién llegada y otra con varios años de experiencia pueden compartir instalación mientras se enfrentan a retos completamente distintos.

Del primer día a una afición que puede acompañar durante años

Otro de los motivos que favorecen su consolidación como alternativa de ocio es la facilidad con la que permite descubrir nuevos desafíos, tal y como nos indican los monitores de Tabei, quienes nos dicen que, al principio, los avances pueden consistir simplemente en aprender a utilizar mejor los pies o en completar un recorrido básico. Más adelante aparecen objetivos relacionados con la técnica, la resistencia, la fuerza, determinadas modalidades o nuevos lugares en los que escalar.

No existe, por tanto, un punto evidente en el que pueda decirse que la actividad está completamente dominada. Siempre aparecen movimientos diferentes, grados superiores y paredes que plantean nuevas dificultades. Para algunas personas seguirá siendo una actividad ocasional; para otras terminará transformándose en una afición alrededor de la cual planificar entrenamientos, escapadas o incluso vacaciones.

La competición y la creciente visibilidad deportiva de la disciplina han contribuido a hacerla más conocida, pero buena parte de su atractivo cotidiano se encuentra lejos de los grandes campeonatos. Está en ese primer recorrido que parecía complicado y finalmente se completa, en una tarde compartida en un rocódromo o en la posibilidad de dedicar unas horas a una actividad que obliga a dejar momentáneamente todo lo demás fuera de la pared.

¿Cuáles son las mejores zonas de España para practicar escalada?

Cuando la afición empieza a ocupar un lugar estable dentro del tiempo libre, también crece el interés por descubrir nuevos escenarios. En España existen numerosas zonas que han alcanzado una notable reputación entre los aficionados, tanto por la calidad de la roca como por la variedad de recorridos y por las características particulares de cada entorno. Algunas se han convertido incluso en destinos habituales para practicantes llegados de otros países.

Uno de los grandes nombres aparece en Tarragona. Siurana lleva décadas figurando entre los enclaves más reconocidos de Europa y destaca por sus paredes de roca caliza, muchas de ellas verticales y especialmente técnicas. En torno a esta pequeña localidad del Priorat se distribuyen numerosos sectores con vías de características muy diferentes, aunque el denominador común suele ser la calidad de la roca y la precisión que exigen muchos de sus recorridos. La propia configuración del terreno, con grandes paredes levantadas sobre el valle, contribuye además a crear uno de los paisajes más reconocibles de la escalada española.

Muy cerca se encuentra Margalef, otro destino que ha adquirido una enorme proyección internacional. En este caso, la diferencia se aprecia desde el primer contacto con la pared, ya que predomina el conglomerado, una roca caracterizada por la presencia de numerosos agujeros y formas muy particulares. Esta circunstancia ha dado lugar a una manera de escalar fácilmente identificable y ha convertido la zona en punto de encuentro habitual para aficionados de numerosos países. La concentración de sectores en el entorno permite, además, dedicar varios días a recorrer paredes diferentes sin necesidad de realizar largos desplazamientos.

Huesca ofrece otra de las grandes referencias nacionales. Rodellar se encuentra en plena Sierra de Guara, junto al barranco de Mascún, dentro de un paisaje modelado durante siglos por la erosión del agua. Sus paredes calizas, cuevas y grandes desplomes han proporcionado al lugar una personalidad muy marcada. Aquí el entorno adquiere un protagonismo especial, ya que las rutas discurren entre formaciones rocosas, barrancos y pequeños núcleos rurales que refuerzan la sensación de encontrarse en un territorio profundamente condicionado por su geología.

Si se viaja hacia el sur, El Chorro constituye una de las zonas más representativas de Andalucía. Situado en Málaga, junto al Desfiladero de los Gaitanes, reúne grandes paredes calizas en un espacio dominado por cortados de considerable altura. Su cercanía al Caminito del Rey ha contribuido también a hacer reconocible un paisaje que resulta espectacular incluso para quienes no acuden expresamente a escalar. La amplitud del área y la cantidad de sectores existentes permiten encontrar propuestas muy diferentes dentro de un mismo entorno.

En el centro peninsular, Cuenca ocupa igualmente un lugar destacado. Las hoces del Júcar y del Huécar, junto con otras zonas próximas, concentran una importante cantidad de paredes alrededor de la ciudad. Una de sus particularidades es precisamente la cercanía entre el núcleo urbano y numerosos sectores, circunstancia que facilita organizar jornadas de escalada sin alejarse demasiado de otros servicios y atractivos de la capital conquense. Las paredes calizas que delimitan las hoces forman, además, parte inseparable del paisaje de la zona.

Muy distinta es la experiencia que ofrece La Pedriza, en la Sierra de Guadarrama. Aquí la protagonista es la roca granítica, cuyas enormes formaciones redondeadas crean uno de los paisajes más singulares de la Comunidad de Madrid. Sus superficies lisas y placas obligan a afrontar muchos recorridos con una técnica diferente a la que se encuentra en los grandes muros calizos. Precisamente esa singularidad ha hecho que La Pedriza posea una identidad propia y sea reconocida como uno de los escenarios históricos de la escalada española.

También la Comunidad Valenciana cuenta con destinos de enorme tradición. Montanejos, en Castellón, se desarrolla alrededor del valle del río Mijares y combina grandes paredes calizas con un paisaje estrecho y montañoso. La localidad reúne numerosos sectores repartidos alrededor del municipio, algunos de ellos situados sobre impresionantes paredes que dominan el cauce del río. La presencia del agua y el relieve abrupto hacen que una jornada en esta zona tenga unas características muy diferentes a las que ofrecen otros enclaves del interior peninsular.

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